Café Mexicano, espacio socrático y humanista. Recipiente de utopías y diversidad

A través de este artículo sobre el extinto Café Mexicano, lugar regiomontano de encuentro cultural y político, María Belmonte reflexiona sobra una comunidad en búsqueda de tolerancia en medio de un contexto represivo.

Se hallaba sobre la calle Galeana entre Hidalgo y Ocampo en el centro de Monterrey, frente al costado poniente del Hotel Ambassador. Su ho­rario de nueve a nueve no siempre se cumplió, los clientes mantenían oídos sordos a la exigencia de cierre. El decorado lo definía: Café Mexicano (INMECAF), colores brillantes acompañaban las si­llas artesanales junto a mesas cubiertas con bellos sarapes, los cuales daban al ambiente una exal­tación a lo nacional y mucha alegría, un holgo­rio visual. El equilibrio del oído lo brindaba una suave selección de música instrumental con au­tores mexicanos, desde clásica hasta popular, de todo género, el jazz tenía su lugar especial. Las temperaturas altas en la ciudad no importaban, el lugar gozaba de buena climatización y tomar una bebida caliente y aromatizante allí era un deleite. En exterior, las mesas de jardín en hierro forja­do rodeaban una fuente grande con banquetas amplias. Llegar por las mañanas aseguraba a los clientes la lectura de algunos periódicos locales sin deshojar o faltos de alguna sección ya tarde, una cortesía del lugar que se agradecía, tam­bién algunos medios de tiraje nacional.

Homenaje al café (2010), Geroca

La carta de bebidas, novedosa y exóti­ca, atraía a quienes buscaban lo diferente en una ciudad no precisamente abierta a lo diverso en esos años; ciudad que exaltaba el ahorro, el esfuerzo y el trabajo como valores indiscutibles de moral regia. La copiosa oferta al paladar provocaba a las papilas y el café ocupaba el trono en las recetas, un arte al gusto. La pro­mesa de sabores era insospechada a la vista, una gama de mezclas con ron, whisky, brandy, tequila, cremas, licores, frutas, granos y especias prome­tían gozo, pero si caías en descuidos, borracheras insospechadas te abrazaban y abrasaban.

La bebida más popular y económica: el demo­crático café americano con generosos rellenos y el café de olla. El grupo al que pertenecí, por algún motivo —quizá el de «conejillos de indias»— re­cibíamos primicias gustativas gratuitas al llegar variaciones al menú, un privilegio sin duda, los precios no eran para estudiantes escasos de dine­ro. La disposición experimental permitió empatías y complicidades de los administradores con los clientes sin sobresalto algu­no; había tiempo para la lectura, olvidar un poco la presión del consumo y asegurar que las escritu­ras creativas, disruptivas, arengadoras, amorosas, políticas o de rupturas existenciales fluyeran entre la cofradía.

Calle céntrica (2008), Geroca

Contiguo al Café, estaba la Librería México —antecedente de las librerías del Fondo de Cul­tura Económica—, tapizada de estantes de piso a techo y en ellos una variedad suficiente de tí­tulos y editoriales en la amplia sala principal con acogedor entrepiso y un atractivo semisótano con literatura infantil; las mesas de novedades junto al espacio para revistas o publicaciones periódicas cerraban el círculo de cualquier necesidad lecto­ra: un agasajo al ocio, la lectura, la escritura, la información y el conocimiento. El Café Mexicano fue un proyecto del Instituto Mexicano del Café, INMECAF, organismo de divulgación y promoción, con importante rama comercial del aromático mexicano en el ámbito in­ternacional.

Los clientes del Café, mujeres y hombres, fluían. El malabarismo social de creativos de las artes, jun­to a políticos, investigado­res, maestros, estudiantes o librepensadores, hacían del lugar un recinto he­terogéneo y circense; un laboratorio social don­de convivían militantes de partidos políticos (PC, PRI, PRT, PMT, PARM, PPS, PLM) a lado de maoístas, masones, feministas, travestis, hinduistas, astró­logos, taurinos, etcétera. Postrimerías de los años setenta, un trasiego de ideas y murmuración es­peculativa de sucesos en política y cultura local, nacional e internacional, igual galácticos: había un par de ufólogos quienes disertaban sin parar sobre naves marcianas. Oficios y profesiones mezclados: estudiantes, comerciantes, turistas, desempleados, artistas, biólogos, vagabundos, secretarias, activistas, fayuqueras, seminaristas, periodistas, físicos, matemáticos, antropólogos, vividores, narcomenudistas, galanes, sindicalis­tas, burócratas, curas, poetas, modelos, obreros, cronistas deportivos, políticos, literatos, arqui­tectos, ajedrecistas, médicos, músicos, arquitec­tos, esotéricos, pilotos y sobrecargos, profesores, anticuarios, contadores, abogados, extranjeros, exconvictos, notarios, sociólogos, guerrilleros, peluqueros, ingenieros, brujas, ladrones, charla­tanes, conspiradores, cantantes, psicólogos, filó­sofos, y más.

Tanta idea dispar generaba charlas y especu­lación; otras veces, discusiones temáticas nada ordinarias y sí, exclusivas: la crítica y el análisis humanista bullía. Eran redes sociales de carne y hueso, vivas, tocables, sin anonimato o enmasca­ramiento. La realidad y el deseo, convivían, Luis Cernuda dixit. Los parroquianos del Café Mexi­cano se autonombraban y bautizaban en secreto unos a otros, según su imaginario. «Los satéli­tes», amigos de amigos; «Personajes en busca de autor», un guiño a Pirandello; «Los caligramas» (mi nicho) nombre de un taller de literatura sub­dividido por géneros literarios numeroso y plural, interesados además de la escritura y la lectura, por la filosofía, la política y los temas culturales; cerca de la tribu «Los artistas», actores, pintores, músicos, bailarinas y fotógrafos. Un grupo de ca­tedráticos, filósofos, políticos, economistas y abogados, en amistosa sátira al grupo literario se autonombro «Los crucigramas», conversaban de política, la universidad, la academia, la nota roja, la filosofía, eran cultos; «Los rábanos», rojos por fuera, blancos por dentro, cercanos a los cru­cigramas, discutidores jocosos de trascendidos y grillas políticas de la prensa, participaban en aso­ciaciones políticas o sindicales o en la masonería, buenos lectores de novelas y de poesía, emplea­dos municipales, estatales y profesores, gustaban de la bohemia y las peñas musicales. «La mesa legal» se formaba con abogados, contadores, administradores y notarios; «Los mapaches», apoyadores de logísticas electorales, interesados en eventos que reunieran gente, se cruzaban y conocían con «Los orejas», trabajadores de Go­bierno, «sondeadores» y preguntones, ambos núcleos de dos o tres personas rondaban cautelo­sos y a distancia los círculos, eran amables. Dejar fuera a «Los médicos», imposible, eran pasantes de medicina y egresados, calmaban malestares menores a los habituales del café al diagnosticar con tino las dolencias.

El ambiente en el Café Mexicano era socráti­co, se debatía y cuestionaba. El diálogo se ante­ponía en la comunicación trenzada de los grupos, se coincidía en ocasiones, otras no, sucedía enton­ces la contienda. El interés humanista y utópico era eje en la mayoría de las discusiones en que se compartían saberes y dudas, todo entraba en jue­go en busca de certezas. Los había rondando, sim­páticos metiches o dandis de galanura perdida, rabos verdes pues; además amigables solitarios como Don Filiberto, distinguido y educado, o Raúl «Coiffure», ambos vecinos cada uno en su negocio: Antigüedades el primero y Alta Pelu­quería el segundo. Y Galería Miró a unos pasos. ¡Cómo olvidarla!

Cena de goles (2019), Geroca

La comunidad del café era atractiva, su espec­tro heterogéneo y libertario abría el interés a bus­cadores del amor loco según Breton o de la Maga de Cortázar, animados por lecturas literarias y pasiones. Dialogantes expertos acudían y con gracia o talento obtenían invitaciones a beber café. Los había sabelotodos con encanto u antipáticos; algunos buscaban retas o medir su «alta erudi­ción» con quien pudieran. Hubo un ladrón, el «Punto y coma», quien padecía secuela de polio en una de las piernas. Bien vestido y elegante, menudito ojiverde, gustaba del puro y del bastón, un profesional del hurto de objetos en tiendas de departamentos.

Mención aparte y honores merecen, los sustrac­tores de libros, una minúscula élite que sobrevivía de ese acto; verdaderos bibliófilos y conocedores al igual que benefactores, los apreciábamos. Tan­ta individualidad concita un coro de expresiones, una armonía de voces y gestos de improvisación libre, los vientos de cambio en el paisaje anticipa­ban la diversidad cultural; hombres y mujeres, es­tas últimas, eventuales, asistían con interés.

El Café Mexicano es referencia de una co­munidad en búsqueda de tolerancia, un instante acogedor del trasiego de una década cubierta por la sombra represiva contra estudiantes, campe­sinos, ferrocarrileros y médicos. Existía una eco­nomía titubeante y la esperanza del desarrollo económico afloraba ante nuevos descubrimientos petroleros; la autoridad entrante convocaba «ad­ministrar la abundancia» y, la inclusión de nues­tro país en el concierto mundial de las economías en ascenso, asomaba.

La singularidad del Café Mexicano atrajo cro­nopios y famas. Agitaba allí el dislate, la reflexión y claro, la dialéctica; mientras metían nariz o posa­ban sentaderas gente de toda clase social, riquillos o clasemedieros con pretensiones, hasta profetas ra­dicales de la destrucción del mundo. En la periferia husmeaban curiosos, quienes deseaban integrarse o quizá recibir respuesta a sus preguntas. Todo vi­sitante de cafés —cafetero dirán— es también un caza­dor de rostros, un atrapador de conversaciones y hallaz­gos. Se realizaron exposicio­nes con el arte de los clien­tes, intercambios y trueques de libros, presentaciones, lecturas en atril, monólogos teatrales, charlas, etcétera, etcétera, coexistían con de­tenciones y cateos corporales policiacos al cerrar el Café, también persecuciones y huidas de librerías, espionajes y amenazas anónimas a clientes que pertenecían a la política y a feministas.

Cerraban los años setenta, había sospecha y veladura. En el lugar se escribió y habló de poemas, volantes y proclamas; se cargaba papel para imprimir en mimeógrafo manual y guilloti­nar hojas; se rifaban libros para obtener recursos e imprimir otros libros, se pedía dinero, se presta igual. Se discutían y distribuían panfletos, folle­tos y revistas. Se canjeaban libros, dibujos, gra­bados, abrazos y besos. Se organizaban acciones nocturnas para pegar carteles y manifiestos, al igual que armar grupos y realizar pintas con poemas en las paredes, entonces actos ilegales. Muchas veces fue el lugar de citas para partir y apoyar huelgas y marchas o salir a «botear», obtener recursos para las luchas sandinistas en Nicaragua y las fuerzas insurgentes de El Salva­dor; igual se llevaban frascos con miel de abe­ja, limones y agua para la huelga de hambre de madres de desaparecidos políticos en la iglesia del Sagrado Corazón o de los obreros de Vitro o de Fundidora u otros movimientos de obreros. Cabe decir aquí, en reconocimiento justo del rito, que después de la hora del café, las reunio­nes, diálogos y discusiones se trasladaban a otros templos: bares y cantinas.

La ubicación del Café Mexicano fue estratégi­ca, de allí se acudió a los márgenes del río Santa Catarina y desde el ateísmo observar (congelados, gran helada) la feligresía católica volcada ante el Papa Juan Pablo II en su primera visita a la ciu­dad, para luego abrir el diálogo entre los conter­tulios y alguien del equipo de seguridad y logística del Pontífice. Un par de años pasaron y la discu­sión fue el concierto de Queen en el Estadio Uni­versitario, acontecimiento nacional y marca de apertura a conciertos masivos. 15 días después la polémica regresa, el fenómeno social provocado por el popular tamaulipeco Rigo Tovar y su gru­po musical Costa Azul en el río Santa Catarina lo exigía, un suceso de gran escala, inédito por lo masivo. La controversia tenía residencia en la plaza, horas y días, opiniones y pláticas genera­ron el diálogo permanente que se dio en el Café Mexicano de 1975 a 1985.

Bronca de perros (2017), Geroca

El nombre del lugar poco dice a las generaciones actuales: fue ojo de hura­cán. Un centro de tranqui­lidad aparente, girando dis­creto en círculos amplios; un remolino de temáticas con luces y sombras; confluyeron en él generaciones continentes y procesos en movimiento. El traslado a los ochen­ta cedió paso a otros terrenos y la proyección de expectativas aumentó. La sociedad cambia y las formas de convivencia trasmutaron del espacio «café» al «espacio cultural». El concepto filosófico de «ideología» —favorito de mi tribu— era estig­ma; hoy es un concepto digerible, se pronuncia y escucha con frecuencia normalizado su uso sin señalarlo solo como pensamiento marxista o de la izquierda.

Elegí el Café Mexicano como prototipo de lugares de reunión social, fue un recinto natural que concentró inquietudes comunitarias de dife­rentes grupos. A la fecha no se halla algo similar a esa ágora convocante que reunía discusión dia­léctica y a la vez espacio silente para lectura y re­flexión, sin contar la fiesta y el regocijo que tam­bién brindó. Ahora mismo hay cafés donde se dan conversaciones informales con buenos grados de profundidad y observación del pulso social y el ánimo de una comunidad, pero no se acercan al ejemplo.

Espacios para la tertulia que se fueron... y algunos sobrevivientes
Espacios para la tertulia que se fueron… y algunos sobrevivientes

Hago repaso de sitios donde se han generado y madurado planes, proyectos, sueños e inten­ciones de corte cultural, político o de empren­dimientos y aparecen imágenes de invitaciones para la socialización, el diálogo y la conversación. Es indudable que los cafés han sido lugares de encuentro en ciudades y barrios; centros sociales que atraen a la convivencia y la comunicación o aldeas urbanas formadoras de colectivos u expre­siones de organización social. Nombraré algunos cafés visitados por mi generación, durante las discusiones para desarrollar actividades de or­ganización y de comunidad: Apolo, Concordia, Flores, Mexicano, Rubio, Galván, La Blanca, Lisboa, Nuevo Brasil, El Paso, Benavides, Paseo Espino-Barros, Sanborns, Al, Palax, Manolín, Latino, Obrero, Vips, Picos, Shirley, El Infinito, Paraíso, etcétera. Son más visibles ahora Star­bucks y Tim Hortons. Incluiría gustosa al Café Iguana, aunque lo que menos vende es café.

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María Guadalupe Belmonte Vega

Poeta, promotora cultural y reportera. Gestora de Gargantúa Espacio Cultural. Ha sido Directora de la Casa de la Cultura Nuevo León y de la Biblioteca Central del Estado.

Autor

Punto Dorsal
Punto Dorsal, Revista de cultura política es una publicación periódica de difusión de la cultura política y de la participación ciudadana de la Comisión Estatal Electoral Nuevo León.

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