La música en Nuevo León: Entre la tradición y la transformación

El promotor cultural, compositor e investigador Luis Carlos López Maico ha desarrollado una amplia trayectoria en la promoción, documentación y reflexión crítica sobre las expresiones culturales y musicales de Nuevo León y del noreste de México, desde la academia, la función pública y la iniciativa independiente.

El promotor cultural, compositor e investigador Luis Carlos López Maico ha desarrollado una amplia trayectoria en la promoción, documentación y reflexión crítica sobre las expresiones culturales y musicales de Nuevo León y del noreste de México, desde la academia, la función pública y la iniciativa independiente.

R: Empezó un poco al azar. La inquietud artística siempre estuvo ahí. Desde niño participé en ballets, en grupos de teatro, estuve en un coro en la secundaria… todo eso te va marcando. En la secundaria, por ejemplo, teníamos una maestra que nos enseñaba a cantar en maya, en náhuatl, en purépecha; nos enseñaba viejas canciones habaneras, rancheras.

Además, viví en muchas ciudades: Ciudad de México, Irapuato, Guadalajara. En Guadalajara también estuve en un coro donde cantábamos cosas de Quirino Mendoza y Cortés, de Buenaventura, de Rubén Fuentes, de muchos autores mexicanos. Ahí fue naciendo un gusto folclorista.

Ya después, cuando mi actividad artística empieza de manera más consciente, es en la preparatoria. Pero lo que más me llevó a eso fue la política. Yo era activista estudiantil, y de izquierda. A finales de los setenta todavía permeaba la teología de la liberación, ese movimiento nacido en Centroamérica que acercaba el catolicismo a las inquietudes populares y sociales.

En ese entonces formamos un grupo asociado a la izquierda que llamamos Militante —imagínate el corte del nombre— y alternaba mi vida estudiantil entre marchas, manifestaciones, cárcel a veces, y presentaciones con el grupo folclórico. Posteriormente el ingeniero Gregorio Farías, rec­tor de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), y el Ing. Humberto Torres, Secretario de Cultura, me invitan para formar el Grupo El Tigre, que hasta la fecha prevalece. Es un grupo de multiinstrumentistas que, cuando lo fundé, estaba compuesto por 12 integrantes; tocábamos cerca de 300 instrumentos del noreste, de todo México y de todo el continente americano.

R: Muchísimo. Como se dice, «infancia es destino». Mi infancia estuvo llena de desapegos. Cuando ya tenía un año viviendo en Irapuato y había hecho dos amigos, nos mudamos. Amigos de la infancia, como tal, no tengo. No viví ese proceso.

No sé si se me note el acento, pero no es muy regio. Aunque traiga botas y lo que quieras, no soy muy regio: no me gusta el fútbol, nunca en mi vida he prendido un carbón. Creo que soy un poco de todo lo que fui recogiendo en el camino, y eso se traduce en mi actividad. Soy de aquí y de todas partes.

R: En la universidad, por una parte, la fundación del Grupo El Tigre. También permanece el Premio Literatura Joven, que fundamos alrededor de 1990 y sigue activo. Por otra parte, contribuí —al menos ideológicamente— a la creación del Callejón Cultural de Monterrey que se instala los domingos. En ese entonces trabajaba en la administración municipal y nos basamos en experiencias similares, como el callejón de La Habana, el de la calle Carlos III o Recoleta, en Uruguay, con arte y antigüedades. Se inauguró el domingo 28 de marzo de 2004.

También fundé el Centro Cultural Bam, en Barrio Antiguo, que ya no existe; el Museo del Antiguo Palacio, en García; y conseguí un fondo etiquetado para la creación del Museo de la Batalla de 1846, que se construyó en Santa Lucía. Todo eso ocurrió durante la administración de Margarita Arellanes, cuando fui Director de Cultura de Monterrey.

P: ¿Qué papel juegan estos espacios, estas tradiciones y estas expresiones artísticas en tu labor como promotor cultural?

R: A mí las expresiones tradicionales me hacen llorar. Me conmueve ver, por ejemplo, a los gru­pos de matachines, ya sea de una cofradía de colonia como la Independencia —que es el corazón cultural del movimiento guadalupano en Monterrey— o a las señoras de la colonia Anáhuac vestidas con su traje blanco.

Forman parte de una expresión con cientos de años de historia. En 2025, por ejemplo, se cumplen exactamente 500 años de la celebración de la Navidad en México. Está documentado que en 1525, en la capilla de San José de los Naturales, Fray Pedro de Gante reunió por primera vez a un grupo de indígenas y cantó los versos para pedir posada: «En el nombre del cielo…» Y los seguimos cantando.

Como investigadores, a veces caemos en la tentación de querer mantener las cosas de forma el investigador: la define el pueblo. Y la tradición tiene mucho que ver con la política.

Todas las fiestas populares tienen reminiscencias prehispánicas, pero también se relacionan con la lucha entre moros y cristianos, una guerra medieval española implantada en América. Ese sincretismo deberíamos aplicarlo también a nuestra vida.

La parte política está muy ligada también al partidismo y se exacerva más después de las polí­ticas de Vasconcelos. El vasconscelismo marcó al país culturalmente, por una parte para reforzar la tradición, pero por otra parte para reinventarla. De repente aparecen los trajes regionales y ahora he visto uno de Montemorelos que lleva unas naranjas, aunque eso no es típico. Nunca he visto una señora con naranjas bordadas, salvo en eventos. Es la tentación de reinventar el folclore, de construirlo a partir de una nueva interpretación y es ahí donde se va transformado todo, como también pasa con los géneros musicales., pero la tradición se transforma. Si los matachines descubren que el flotador del tanque del baño suena mejor que una maraca y es más fácil de conseguir, lo pintan y lo usan. También es más fácil conseguir popotillo de plástico que carrizo para los trajes. Y ahí los puristas pegan el grito en el cielo. Pero la tradición no la define

R: En el sur de Nuevo León, en Galeana, existe el baile de los chicaleros, que es una forma de tributo al maíz. Antes usaban máscaras hechas con pieles; ahora usan máscaras de plástico. La cultura se transforma.

Musicalmente, estoy trabajando un libro titu­lado Perdiendo amigos. Mentiras y verdades de la música norteña norestense. Ahí hablo, por ejemplo, de la tambora y el clarinete como un género endémico de la región citrícola, con epicentro en Linares y Hualahuises.

La tambora de Linares es un tambor militar español tropicalizado. La llamada «picota» no es un personaje folclórico: era un poste colonial donde se publicaban edictos, acompañado por tambor y chirimías, una forma primitiva del clarinete.

Algo muy particular de nuestra cultura norestense es que es una cultura europea que ha he­redado de géneros checos, alemanes o austríacos: el vals, la polca, la mazurca, el chotis, la redova. La población, todavía hasta los años cuarenta del siglo pasado, era predominantemente blanca. Somos el único estado que no tenemos población indígena endémica. En Tamulipas tienes a los tenek o huastecos. En Coahuila tienes al pueblo kikapú. Aquí se extinguieron. Al ser una población mayormente criolla y blanca, asimilaron muy bien esos géneros que venían de Europa, al grado de que existe mucha composición local de esos géneros. Lo único local que tenemos es el corrido, y somos grandes productores de corridos y del huapango, que es un género mestizo.

R: Sí y ahorita hay un fenómeno terrible de discriminación. En un país con un 85% de gente morena, muchos regios llaman chirigüillos a la gen­te inmigrante de San Luis Potosí o de Hidalgo, cuando ellos son los auténticos dueños de toda la tierra que estamos pisando.

R: Hoy sobreviven básicamente el huapango y el corrido. El corrido tumbado, por ejemplo, no es corrido: no tiene la estructura del romance español ni la métrica tradicional. Es otra cosa, y está bien que exista, pero no es corrido. También es importante la presencia de la música colombiana en Monterrey y el surgimiento de un neofolk hecho por jóvenes. Y en otros géneros, como el hip hop, ahí se está moviendo la nueva tendencia y así tiene que ser.

R: El auge sí, pero el movimiento es desde principios de los noventa. Ya había grupos como Tornillo, como la Flor del Lingo, Prófuga del Metate, y después vino Control Machete, que ya le metía al hip hop. Lo padre de ahorita es que están ampliando el abanico temático. Como que hace Babo, del Cartel de Santa.

R: Al contrario. Lo digital es una maravilla. Hoy puedo acceder a expresiones de todo el continen­te con un clic. La inteligencia artificial puede servir para documentar, recrear, mapear instrumen­tos, artistas, tradiciones. Democratiza el acceso a la cultura. Todo depende de cómo se use y de qué tan bien investigues. No sustituye la reflexión, pero es una herramienta poderosa.

R: Sí, quizás la música. La música tradicional que me mencionas, como esos géneros, pues ya son más decorativos y son propios de asambleas escolares o festivales o cosas así, pero sí tiene su función social una identidad emparentada a ello. Que es un código de vestimenta todavía que usamos los norteños, un ethos también desarrollado de nuestros antepasados. Tenemos muchos rasgos que no identificamos conscientemente, muchos rasgos del sefardismo. Desde de los judíos.

R: Tuve la suerte de conocer a Óscar en los años ochenta. Alguna vez hicimos un disco de investigación en la UANL: El tesoro de la música norestense, junto con el INAH y Raúl García Flores. La maestra Irene de Vázquez Valle, entonces directora de la Fonoteca, era cuñada de Óscar, así que lo invitamos a la grabación y a partir de ahí tuvimos una relación cercana, con encuentros frecuentes y colaboraciones en distintos discos.

Cuando fundé El Tigre, estuve de 1990 a 1992, porque después el entonces rector, el ingeniero Gregorio Farías, me invitó al ISSSTE para ser director de Cultura, y ahí es donde comienza mi etapa en la función pública. A principios de los años 2000, Rogelio Villarreal me habla para volver a El Tigre y me dice: «A ver, propón algo fuerte para un disco».

Yo le dije: «Bueno, pero, para empezar, tiene que ser música completamente de Nuevo León». Hasta entonces habíamos hecho discos con música de todo el continente. Y pensé: «Óscar Chávez, que es el mayor representante de la tradición, ya hizo discos de Guanajuato, de trova yucateca; hagamos uno de Nuevo León», por eso lo invité.

Creo que ese disco es muy rico: es representativo y significativo. Metimos todos los géneros: polca, mazurca, chotis, fox, bolero, huapango, el corrido de «Agapito Treviño» y cantos de relación como «La perra y la comadre». También las dotaciones instrumentales: agrupaciones de la región citríco­la, como Los Montañeses del Álamo, conjuntos de cuerda de la región de Marín, piezas con clarinete como «La presumida», y desde luego el matrimonio perfecto de la música norteña: el acordeón y el bajo sexto, que definen el sonido norestense.

R: Actualmente tengo el gusto de trabajar con un grupo de empresarios que me invitaron a desarrollar algunos proyectos. Sin embargo, creo que la gente con recursos podría involucrarse un poco más. Y tampoco es un tema exclusivamente de ellos; también es responsabilidad nuestra, de los promotores y los artistas, que muchas veces no nos acercamos o no presentamos proyectos claros.

Además, todo artista es necesariamente un ente escénico. No cualquiera puede subir a cantar tal como anda. Eso lo permite la trova —lo que hace Silvio [Rodríguez], por ejemplo, donde el formato se lo permite—, pero si cantas folclor necesitas ciertos elementos. Basta ver a Lila Downs, que cuida cada detalle y se cuelga hasta el comal si es necesario. La parte escénica también es fundamental.

Sobre todo, quienes hacemos folclor debemos reconocer algo: ningún folclorista es completamente «auténtico». Yo no soy campesino. Canto música campesina, pero no lo soy. No soy auténtico en ese sentido. Soy un tipo urbano, al que le gusta el buen perfume, pero trato de ser coherente con la representación que voy a hacer, porque finalmente es un performance.

R: Vivimos en la era de la información y también de la desinformación. Hay muchos intereses que buscan controlar la narrativa. Uno de los mayores problemas es que vemos el mundo como somos nosotros. Hay que abrirse más a la experiencia, investigar de verdad, no quedarse con la primera referencia ni con lo que se viraliza. Y, sobre todo, domar la voz interior, que suele ser la más crítica y saboteadora. Esto no se acaba hasta que se acaba. Aprovechen que están jóvenes, equivóquense, den reversa y vuelvan a intentar. Atrévanse.

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Redacción

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Punto Dorsal #6
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Punto Dorsal
Punto Dorsal, Revista de cultura política es una publicación periódica de difusión de la cultura política y de la participación ciudadana de la Comisión Estatal Electoral Nuevo León.

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