Somos un pueblo pachanguero

Pensar en una fiesta no solo se trata de imaginar un momento alegre, con música, comida, bebidas, baile y relajo. No hay duda de que lo anterior representa la base de toda festividad. Sin embargo, reflexionar sobre las fiestas nos puede ayudar a entender cómo funciona, se organiza e incluso, conflictúa o tensiona una comunidad...

Pensar en una fiesta no solo se trata de imaginar un momento alegre, con música, comida, bebidas, baile y relajo. No hay duda de que lo anterior representa la base de toda festividad. Sin embargo, reflexionar sobre las fiestas nos puede ayudar a entender cómo funciona, se organiza e incluso, conflictúa o tensiona una comunidad; cómo también se establecen lazos o estos se rompen por luchas de poder o por refrendar una posición social.

Las festividades se sienten, pero también se interpretan, se convierten en memoria colectiva, en catalizador de emociones, en cohesión social que da paso a la construcción de un pueblo, y un sentido de perte­nencia.

Las fiestas cuentan la vida alegre de los espacios, de las personas, de identidades individuales y colectivas. Forman parte de los ciclos anuales y a su vez laborales. Conmemoran la cosmovisión de las comunidades, por ejemplo, las fiestas patronales, pero también, representan un rito de paso: las fiestas familiares como bodas, quinceaños, primeras comuniones, bautizos, etcétera. En este sentido, las fiestas no solo celebran, sino también narran, conectan y perpetúan la historia viva de quienes las habitan.

WikimediaCommons: Cabalgata/Lozz23.

Las fiestas norestenses

En Repueblo de Oriente, al norte de Nuevo León, la vida se mide en dos tiempos: el de la rutina diaria y el de la fiesta. Cuando llega noviembre, el silencio de las calles se rompe con música norteña, caballos, camionetas relucientes y el bullicio de familias que se reencuentran. Es la temporada más esperada: la del regreso de los migrantes internacionales y la explosión de celebraciones que une —y a veces separa— a quienes se fueron y a quienes se quedaron.

Las plazas son y se convierten en el corazón de cada comunidad. Allí, el quiosco no es solo un adorno: es el símbolo del baile, el punto de encuentro donde la música marca el ritmo de la vida social. Incluso en las casas, el espacio para celebrar suele ser más grande que la vivienda misma. En las quintas abundan las pistas de baile, los asadores y las hieleras con bebidas, porque aquí la convivencia no se improvisa: se constru­ye y se mantiene al paso de los años. Se invierte tiempo y dinero para tener un espacio digno para celebrar, sea cual sea el pretexto para hacerlo.

Por otra parte, las festividades se marcan por un calendario que, a su vez, es marcado por la misma migración. Las fiestas del pueblo no siguen solo el calendario religioso o cívico, también se ajustan al ciclo migratorio. En noviembre y diciembre, cuando los migrantes regresan de Estados Unidos, se concentran las celebraciones más grandes: la fiesta cívica del 20 de noviembre, la patronal de San Luis Gonzaga y la del 26 de diciembre, conocida como «la fiesta del migrante». En primavera y otoño hay otras festividades, como la Feria Agropecuaria o la Cabalgata grupera, que marcan el pulso y tradición de la región. También se lleva a cabo la fiesta patronal de San José de Los Ramones. Cada fecha es un pretexto para reunirse, presumir logros, cerrar negocios o incluso arreglar matrimonios. Las fiestas familiares están a la espera de los meses en el que los migrantes están de vuelta en su terruño: bodas, quinceaños, primeras comuniones, bautizos y los tradicionales «martes sociales»: un momento de encuentro entre los varones de la comunidad para escuchar música en vivo, comer cabrito o carne asada, y contar anécdotas del trabajo, de la vida en «el otro lado» y de aquella nostalgia por estar de vuelta en el lugar de origen.

WikimediaCommons: Fiesta patronal/Samanthaluis.

Ciclos festivos y su organización

El 20 de noviembre es la fiesta de las escuelas, en ella, la plaza pública se llena de desfiles escolares, bailables y música regional y un poco de música moderna. Los niños bailan polcas, los maestros organizan números artísticos y los padres venden comida para recaudar fondos para las escuelas. Los migrantes aportan lo más costoso: el cabrito, la cerveza y la contratación de grupos musicales. En la pista de baile, locales y migrantes se mezclan, aunque fuera de ella los papeles están claros: unos financian y presumen el ingreso en dólares, mientras otros trabajan en la venta y dejan claro que la mayor parte del año son los locales quienes cuidan y mantienen a la comunidad. Por ejemplo, la coronación de «la Adelita» suele recaer en una joven migrante, o a quienes se les da un espacio especial para cantar en vivo, quienes están sentados disfrutando el escenario del baile y del canto: todo esto refleja el gesto de las tensiones latentes. ¿Quién ocupa los lugares protagónicos? ¿Los que se fueron o los que permanecieron?

Si el 20 de noviembre es la fiesta de las escuelas, el 26 de diciembre es la de los migrantes. Ellos organizan rifas, desfiles de motos y camionetas, contratan grupos musicales de otros municipios, y puede alcanzar el presupuesto para contratar a dos bandas para el baile. Es el momento de mostrar lo ganado en el norte y, al mismo tiempo, reafirmar la pertenencia al pueblo. El dinero recaudado se invierte en mejoras comunitarias, lo que refuerza su papel central en la vida local, por ejemplo, en algunos años rifan ganado (un becerro) o cabritos. Se invitan a los altos mandos políticos, tanto del municipio como de algunos circunvecinos. La invitación a la fiesta por lo común se realiza por medio de videos de YouTube, pues también llega la invitación a la comunidad transnacional que se encuentra en Estados Unidos. Todos deben ser invitados y, aunque sea, asistir ese día para encontrarse con la comunidad completa.

En estas celebraciones, los papeles de hombres y mujeres están marcados con claridad. Ellos suelen encargarse de la organización visible, los discursos y la música; ellas, de la preparación de alimentos, el cuidado de los niños y la venta de comida. En las fiestas familiares, las mujeres cocinan y sirven mientras los hombres beben y escuchan música en grupo. Incluso cuando una mujer sube al escenario con un acordeón, su presencia rompe con lo esperado y genera comentarios (buenos o malos), pero también son las mujeres quienes amenizan con el canto en cualquier festividad.

En las fiestas patronales, la organización y los tiempos de las fiestas son más perceptibles. Se sabe que debe haber la procesión y la misa en la iglesia principal, para después, disfrutar la fiesta. También hay música norteña en vivo, puestos de comida, de juegos, venta de discos musicales y algunos juegos mecánicos para los niños. A excepción de las otras fiestas, la cerveza está ausente y… ¡se nota! Son fiestas que suelen terminarse a temprana hora, con baile, sí, pero con poca participación en la pista. Podemos darnos cuenta de que la función del alcohol en las fiestas es importante, más cuando se trata del relajo, del aguante para estar lo más que se pueda en la pachanga. Ni hablar de las fiestas familiares. Se rentan salones grandes, se cobra en dólares esa renta, y se sirve cerveza y comida para llenar, y claro, el grupo norteño en vivo. Una frase muy presente en la comunidad es: «Somos muy fiesteros, y se hacen fiestas para todos […] hasta cuando te mueres. Son pretextos para hacer fiestas». Las fiestas son una excusa perfecta para que exista esta fórmula que hace que un pueblo concuerde en el bullicio, en el disfrute y en compartir todo aquello que se convierte en un momento alegre para todos.

Fiesta para celebrar un bautizo/WikimediaCommons/Katmarova.

Entre orgullo y tradiciones

Las fiestas son motivo de orgullo y rencuentros, pero también de conflicto y de tensiones. La comunidad es diversa en varios sentidos: tanto su lugar de origen, la vida y tradición migrante, y las formas y vida cotidiana de cada uno de los habitantes. Por temporadas, la comunidad tiene dos grupos antagónicos —los locales y migrantes—. Los locales son conocidos por aquella población que se queda todo el año en la comunidad, la cual es muy poca. Por lo general, son personas que trabajan en la localidad o en comunidades circunvecinas. Sus trabajos son desde cuidar las viviendas de los migrantes, hacerles mejoras o servicio de limpieza en los so­lares. Son los locales quienes le dan vida al pueblo cuando este se encuentra desolado, soportan las altas temperaturas en verano, y preparan la comunidad ante la llegada de los migrantes.

Existen quejas o comentarios referentes al otro grupo que se encuentra trabajando en «el otro lado»: «Vienen a presumir los dólares», «Llegan hablando inglés», «Traen el ruido y el bullicio y hasta accidentes». Por un momento del año, estas referencias hacia ellos se envuelven en una tensión que se va aminorando conforme llegan las fiestas. Una vez que llegan los migrantes, la vida del pueblo cambia. Los migrantes llegan a su terruño por descanso, para revisar las condiciones de sus viviendas, visitar a los parientes y ¿por qué no?: echar relajo, no importa si es un día entre semana. Es en su pueblo de origen donde pueden sentir esa libertad y ese descanso que en el otro lugar no tienen. Es subir la música a todo volumen, mientras se acompaña 45 el ambiente de una cerveza, comida mexicana y ver el paisaje natural que envuelve aquel entorno nostálgico de su hogar y su lugar de origen: «Mi ranchito», «Aquí la cerveza te sabe diferente… la comida», dicen. Añoran llegar a su terruño para disfrutar el descanso.

Los migrantes llegan con camionetas, motos y dólares; los locales sienten que su esfuerzo cotidiano —y de todo el año— queda en segundo plano. En redes sociales, algunos reclaman que siempre aparecen en las fotos los que vienen de fuera, mientras «la gente humilde del rancho» queda invisibilizada. En esta tensión se encuentra un tipo de injusticia para quienes cuidan a la comunidad, pero también existen los intereses políticos que se ven de pronto reflejados en festividades con una mayor tradición y una inversión significativa. Por ejemplo, la tradicional cabalgata grupera de Los Ramones a General Terán, que se lleva a cabo desde hace más de 20 años, tiende a reconstruirse y a organizarse según el partido político que esté a cargo. Por ejemplo, la tradicional feria agropecuaria que conmemora el aniversario de la fundación del municipio. Es casi un mes de feria, en la que se presentan grupos en vivo, baile, venta de diversos productos y se les da la bienvenida a los primeros migrantes en llegar al pueblo. Son también estos mandos políticos los que refrendan a través de estas festividades, el apoyo de la comunidad y la inversión que se realiza en este tipo de eventos, pues conocen que tanto la música y la fiesta es lo que cons­truye, le da identidad y sentido de pertenencia a la población. Se observa el «presumir» quién trae a los mejores grupos, de quién es familiar un cantante famoso que pueda amenizar un fin de semana de feria o en la cabalgata. Se trata a su vez de «ganarse» al pueblo mediante su identidad musical y pachanguera.

Aun con esas tensiones, la música y el baile logran lo que pocas cosas consiguen: que, al menos por unas horas, todos compartan la misma pista, que aquella erosión se convierta en cohesión, y en donde esas líneas divisorias se desdibujen cuando suena una canción que los identifica como una comunidad única… «corriendo por los caminos de Ramones a Terán», cuando se sabe bailar las polcas, huapangos y un chotis, porque, casi casi, el saber bailar ya lo traen en los genes.

La fiesta como un abrazo donde el pueblo se vuelve comunidad única

Aunque la fiesta se ha mantenido como una tradición, ha experimentado transformaciones significativas con el paso del tiempo. En 2010, con el inicio de la guerra contra el narcotráfico, fuimos testigos de las consecuencias que trajo consigo este conflicto. Si bien no se equipara con otros eventos tal vez más graves que hemos enfrentado como sociedad, sí tuvo un impacto notable en las temporadas festivas y en los ciclos de vida de estas comunidades. Un claro ejemplo de ello fue que, durante esos años, muchos migrantes optaron por no regresar a su comunidad de origen, motivados tanto por el temor a viajar por carretera como por el clima de inseguridad que imperaba en el municipio. Fueron tiempos en los que las fiestas se extinguieron, y un silencio inusual se apoderó de las plazas públicas, las calles y los salones de celebración. Nunca se había presenciado una ruptura tan marcada con un ciclo tan arraigado en la tradición.

Tastoanes/WikimediaCommons/Aaztliaveces.

Ese recuerdo quedó grabado en la memoria colectiva de la comunidad. Años después, la temporada festiva resurgió, y con ella se recuperó lo que tanto esfuerzo había costado construir. La fiesta retomó aquel momento donde se desvanecen los grupos antagónicos, dando paso a una comunidad única. La fiesta se transformó en un abrazo cálido tras tiempos difíciles, en un bálsamo para la nostalgia de quienes no podían volver al pueblo, pero añoraban a los que permanecían en él. La música, el baile, la comida y la bebida volvieron a reunir a la gente, resistieron la adversidad y dieron nueva vida a la tradición, a la memoria y a la identidad, porque, por encima de todo y para siempre: somos un pueblo pachanguero.

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AUTORA

Raquel Ramos

Licenciada en Sociología por la Universidad Autónoma de Nuevo León y maestra en Antropología Social por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, unidad Noreste.

Este artículo aparece en
Punto Dorsal #6
La vida es una fiesta
La cara política de las celebraciones mexicanas

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Punto Dorsal
Punto Dorsal, Revista de cultura política es una publicación periódica de difusión de la cultura política y de la participación ciudadana de la Comisión Estatal Electoral Nuevo León.

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