Más allá de la comunidad. Las varas de mando en un nuevo contexto

En esencia, las varas o bastones de mando, utilizadas por las autoridades tradicionales de diversas comunidades indígenas, representan la asimilación de un símbolo de autoridad colonial a la cosmovisión mesoamericana...
Detalle del CódiceZouche-Nuttall, s. XIV-XV/Museo Británico.

En esencia, las varas o bastones de mando, utilizadas por las autoridades tradicionales de diversas comunidades indígenas, representan la asimilación de un símbolo de autoridad colonial a la cosmovisión mesoamericana. Por ello, las ceremonias de cambio de varas se acompañan de complicados rituales que dan a este elemento un carácter sagrado al interior de las comunidades.

Aunque en el pasado prehispánico también existieron, las varas de mando instituidas durante el periodo colonial y sus portadores —ya fuera el vara de justicia, un Gobernador o un Alcalde indígena— representaron a la comunidad ante las autoridades civiles; siempre que estos respetaran las disposiciones oficiales, se otorgaba a cambio una relativa autonomía. Sin embargo, desde finales del siglo XVIII, con las reformas borbónicas, las políticas liberales del si­glo XIX y las de los Gobiernos del México posrevolucionario se han tratado de erradicar las estructuras tradicionales de poder comunitario.

Las modificaciones introducidas a lo largo de la historia han hecho que en algunas sociedades prevalezca la presencia del Gobernador indígena, junto al Alcalde, el capitán, el sargento y sus topiles, como representantes de la autoridad civil, con cargos religiosos. Un ejemplo son las mayordomías, presentes en las comunidades wixaritari o huicholas. En otras comunidades los mayordomos son considerados como la autoridad tradicional y, en algunos casos, como en Tlaxcala, hay autoridades religiosas que portan varas de mando, al parecer, desde finales del siglo XVIII.

Por lo regular, la elección de estas autoridades pasa por las manos de los ancianos, quienes mejor conocen a los miembros de las comunidades y sus méritos. La designación de las autoridades se realiza año con año y representa más responsabilidades que privilegios. Los miembros de los sistemas de cargos reciben, junto a la vara de mando, la responsabilidad de administrar justicia, solucionar conflictos, organizar y encabezar trabajos comunitarios, así como las celebraciones tradicionales. Eso implica descuidar por un año las actividades cotidianas, aunque las relaciones de parentesco, compadrazgo y amistad les da cierto respaldo para cubrir con sus obligaciones.

Entre los huicholes, la elección de nuevas autoridades civiles, así como la entrega de las varas de mando, implica la realización de una serie de ceremonias que inician desde mediados del año, cuando las autoridades salientes, guiadas por los kawiterutsixi o ancianos de la comunidad, empiezan a discutir quiénes serían los más indicados para suplirlas. Para ello, se entrega a los ancianos una vela, un cigarro y una copa de mezcal y se comienza un proceso en que los mayores se comprometen a soñar en las personas más adecuadas para asumir un cargo.

Este sueño, entendido como el mecanismo que sirve para que las deidades inspiren a quien sueña, puede ser visto como un proceso de reflexión en cada anciano, perteneciente a los distritos ceremoniales que integran cada comunidad, en el cual evalúe el desempeño de diferentes individuos y su capacidad para un cargo específico: la iniciativa para realizar diferentes actividades agrícolas o ceremoniales, su talento discursivo, capacidad para evaluar una situación, etcétera.

Hecha la selección, se envían a los topiles para buscar a los candidatos e invitarlos a la casa real o kaliwey y cada funcionario les ofrece un trago de mezcal. De ser aceptado, se considera que asumirá uno de los cargos. De no hacerlo, puede ser arrestado y se le coloca el cepo por evadir sus responsabilidades hacia la comunidad, aunque en ocasiones es un acto simbólico nada más. Algo para tomar en cuenta es que, aunque algunas personas aceptan el cargo, si su esposa se opone, su opinión es considerada y se busca otro candidato. Esto es importante porque para aceptar un cargo las personas deben contar con una pareja que les respalde: los varones coordinarán actividades como la limpia de coamiles, cacería, obtención de leña, alimentos, etcétera, mientras que las mujeres coordinarán la preparación de alimentos, además de que ambos cumplirán con actividades específicas durante el ciclo ceremonial. Por tanto, todas las actividades ceremoniales se realizarán en pareja.

Una vez acordado el gabinete, en diciembre se realizan las actividades relacionadas con el cambio de varas. Durante esos días, las autoridades salientes invitarán a las nuevas a desayunar en sus respectivas casas y las varas, antes de ser entregadas salen de su resguardo en el kaliwey y son llevadas a casa del Gobernador saliente. Junto a las varas que usan cotidianamente, las varas son bendecidas por los mara’akate o expertos ceremoniales, se adornan con flores de papel y figuras de maíz y son sahumadas.

Según las formalidades, en Guadalupe Ocotán, Nayarit, el cambio inicia con un recorrido a un par de kilómetros del pueblo principal, donde se «recibe» a la comitiva de las nuevas autoridades y las varas, en recuerdo de la antigua pertenencia de esta comunidad a San Andrés Cohamiata, Jalisco, cuando iban hasta Mezquitic para recibir el reconocimiento de las autoridades civiles de la región. Durante el camino al pueblo, se realizan varias paradas en que las autoridades salientes dan un trago de mezcal a sus sucesores hasta llegar a la casa de gobierno.

Un compromiso de las autoridades salientes, en pareja, es entregar a sus sucesores una carga integrada por una caña de azúcar decorada con múltiples productos alimenticios, una corona hecha con carrizos que sostienen quesos en la cabeza y una especie de collar hecho con bolitas del mismo material, así como una cesta llena de alimentos, mantas y herramientas, así como tejuino, cervezas o licores. Esto representa dos cosas: un apoyo para que las nuevas autoridades puedan iniciar sus actividades, pero también se establece el compromiso de entregar lo mismo al año siguiente y, de ser posible, un poco más. De acuerdo con lo que entreguen, se interpreta cómo se administró la comunidad y el cumplimiento en el cargo. Una carga deficiente implica hablar de funcionarios que no cumplieron de forma adecuada con su labor y que no contaron con apoyo.

Detalle del Códice Zouche-Nuttall, s. XIV-XV/Museo Británico.

Esta actividad se realiza en el terreno en que se asienta el kaliwey, las instalaciones municipales y la clínica. Desde el extremo oriente se hace de nuevo un recorrido con seis paradas hasta llegar al recinto tradicional. En cada pausa se les entrega una copa de mezcal y los ancianos, autoridades salientes y familiares recuerdan a cada pareja el compromiso que asumen. Por último, llegan ante un asiento de madera en que son acomodados de acuerdo con su cargo, sus esposas los acompañan atrás y reciben consejos de los funcionarios anteriores.

Más que poder político, los funcionarios civiles o religiosos adquieren, al cumplir con su participación en la escala de cargos, el derecho a formar parte del concejo de ancianos y el prestigio que da el haber dedicado su vida al servicio de la comunidad. No obstante, en muchos casos, las estructuras tradicionales se han convertido en una estructura ornamental que solo se hace presente cuando se celebra algún acto cívico, el cual podemos interpretar como un ritual político, o se organizan comitivas para apoyar a candidatos de diferentes partidos. En la práctica, aunque algunas estructuras tradicionales mantienen su prestigio al interior de las comunidades, en otros casos compiten con las estructuras políticas del Estado mexicano, como las autoridades agrarias o municipales, quienes ante el poder estatal cubren actividades que antes recaían en las jerarquías más antiguas.

Desde una perspectiva ideal, las varas de mando representan a las comunidades que han logrado subsistir a pesar de los cambios políticos en los últimos siglos. No obstante, los procesos de reubicación derivados de guerras, en especial la de Reforma, la Revolución, la Cristiada, como sucedió en los estados de Jalisco y Nayarit, hicieron que parte de la población huichola se dispersara y se asentara en espacios ajenos a las comunidades de origen. Esto creó nuevos asentamientos que después se convertirían en ejidos, como el Roble, Nayarit. Otros más, ranchos asentados en la cuenca del río Santiago, fueron afectados por la construcción de la presa hidroeléctrica de Aguamilpa, lo cual ocasionó que la población indígena la periferia de Tepic, en colonias populares.

En estos espacios —ejidos, ranchos y colonias— las prácticas tradicionales se limitaban a las ceremonias ligadas a los adoratorios parentales. Con el tiempo, una colonia establecida a finales de los años ochenta en el cerro de los Metates, integra­da en su mayoría por huicholes, pero también coras, tepehuanos, mexicaneros y hasta mestizos, se convirtió en la colonia indígena de Tsitakwa o Zitakwa. El Gobierno municipal y estatal se encargó de transformarla en un espacio representativo de Tepic y fomentó su imagen como un asentamiento huichol para atraer el turismo. Con el tiempo, sus habitantes pasaron de ceremonias en sus adoratorios parentales, a un proyecto para construir un tuki o recinto ceremonial en que se realizan ceremonias destinadas al turismo.

A finales del siglo XX, el Instituto Nacional Indigenista y el Gobierno nayarita promovieron el reconocimiento de las autoridades tradicionales de las comunidades indígenas para participar en diferentes actividades, como las convocatorias del Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias, las cuales necesitaban del aval de las autoridades tradicionales para participar. Dado que en las comunidades serranas, coras, huicholas y tepehuanas prevalecen las autoridades tradicionales, se consideró la necesidad de reconocer a los asentamientos indígenas fuera del ámbito de las comunidades tradicionales. Para legitimar a la población indígena asentada en ejidos, ranchos y colonias urbanas o semiurbanas, se exigió contar con la representación de un Gobernador indígena, al igual que en las comunidades serranas.

Con esto se improvisaron nuevos Gobernadores con sus respectivas varas de mando, lo cual creó, de paso, la noción de que los asentamientos que representaban eran comunidades en sí e ignoraron que en el ámbito comunitario existen diferentes instancias que legitiman a las autoridades tradicionales. Por un lado, el conjunto de recintos ceremoniales encabezados por los kawiterutsixi o ancianos que, en su conjunto, se encargan de designar a las nuevas autoridades de cada comunidad. Por otro, la casa real, donde las autoridades tradicionales realizan sus actividades y, por último, la capilla, donde los mayordomos cuidan de los santos.

En una de estas colonias se realizó una actividad «tradicional» promovida por funcionarios indigenistas, en que un joven huichol se presentó como Gobernador indígena de Nueva Valey, Tepic, con un palo de escoba que iba golpeando a cada paso. Un anciano de Guadalupe Ocotán, invitado a este evento, arrebató el bastón de sus manos y lo rompió a la mitad y pidió que no hi­ciera burla de los símbolos tradicionales y consultara con las autoridades de las comunidades.

Detalle del Códice Zouche-Nuttall, s. XIV-XV/Museo Británico.

Las varas de mando como obsequio

Desde mediados del siglo XX, no es raro que con extensas giras durante sus campañas y durante su periodo de Gobierno, algunos Presidentes obtuvieran varas de mando de diferentes comunidades del país. Lo mismo se aplica a varios Gober­nadores dentro de sus entidades federativas. Estas prácticas subsisten hasta nuestros días: cuando autoridades municipales, estatales o federales, o ciertos candidatos a diversos cargos visitan las comunidades indígenas suelen ser recibidos con regalos y ataviados con elementos propios de la cultura local, incluyendo limpias tradicionales. Por otro lado, no es extraño que, cada vez que un gobernante asumiera su cargo, se invitaran comitivas de diferentes pueblos indígenas que, por convicción o para hacer solicitudes específicas, asistieran a estos eventos.

En un caso particular, en enero de 1998, el Presidente Ernesto Zedillo recibió una vara de mando de manos del tatuwani o Gobernador tradicional, cuando se inauguró la presa del pueblo huichol de Guadalupe Ocotán. Esto se hizo como un reconocimiento de su autoridad política, pero no significa que se le haya entregado la vara de mando propia de la comunidad o aquella que los funcionarios portan durante su periodo en el cargo, las cuales tienen un fuerte contenido político y ceremonial. Por el contrario, se entregó una réplica hecha ex profeso para la visita presidencial.

En 2018, 2024 y 2025 se han entregado varas de mando a quienes han asumido la Presidencia de la república y las magistraturas en ceremonias públicas que incluyen elementos propios de las ceremonias indígenas. Sin embargo, debemos analizar estos fenómenos en un contexto político particular, en que se ha generado una interpretación particular de la historia de México y de los pueblos indígenas, así como su participación política. Podríamos recurrir a los conceptos de tradiciones selectivas, propuesto por Raymond Williams, o las tradiciones inventadas, planteada por Eric Hobsbawm y Terence Ranger para analizar este proceso. En este caso, un movimiento político usa un discurso nacionalista basado en el pasado y presente indígena, sus símbolos políticos y religiosos, así como su color de piel. Ante ello, para legitimarse, no es extraño que se realizaran ceremonias con elementos indígenas que algunas personas consideran ancestrales, sin considerar la mezcolanza de ele­mentos prehispánicos y coloniales.

En este contexto, la vara de mando no necesariamente representa una responsabilidad transferida a un individuo por un tiempo limitado, al convertirse en una pieza personalizada, con diseños alejados de las varas tradicionales. En 2018 Andrés Manuel López Obrador recibió dos varas, esto sin contar las recibidas tras años continuos de campaña. La primera, entregada de manera oficial durante un evento realizado en el Zócalo, estaba rematada por una serpiente emplumada, tallada por artesanos mixes, y fue otorgada por representantes de Flor y canto, una organización para la protección de recursos naturales. Una más, de cedro, más bien un bastón, sobredimensionado y elaborado en Tlaxcala, acabado con la cabeza de un águila y el nombre del Presidente electo, fue entregada por la Gubernatura Nacional Indígena, una organización bastante controvertida.

En septiembre de 2023, López Obrador hizo entrega de una vara de mando a Claudia Shein­baum. Esta sirvió como estafeta para continuar con el proyecto del Presidente saliente y registrar­se como candidata a la Presidencia. Aunque algunas personas pensaron que era la misma recibida por López Obrador, esta era nueva, más delgada y rematada con un aro del que emerge la cabeza de un águila y se desconoce a qué grupo étnico pertenecen los artesanos ni en qué contexto fue solicitada su elaboración. Por otro lado, en la toma de protesta de 2024 se le entregó una nueva vara de mando de cedro rojo, procedente de Oaxaca, elaborada por Enrique Fabián. El mismo artesano elaboró los bastones recibidos por los miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, con un diseño similar al recibido por Claudia Sheinbaum, aunque con un detalle que indica la pertenencia a la corte.

Repositorio INAH/Museo Nacional de Antropología.

Por otra parte, se asume que las personas que hicieron entrega de la vara de mando y realizaron las ceremonias de purificación entre 2018 y 2025 representan a la totalidad de las comunidades indígenas y afromexicanas. Como pudo verse en 2018, hubo diferentes grupos que pretendían tener esta representación, por lo que es pertinente analizar el papel de estas agrupaciones y sus dirigentes, su relación con las estructu­ras comunitarias a nivel regional y nacional, si en verdad representan el sentir de sus comunidades y participan de las jerarquías locales o solo utilizan su etnicidad para hacerse visibles y ganar prestigio político.

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AUTOR

Víctor Manuel Téllez Lozano

Antropólogo social por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y maestro y doctor en la misma disciplina por El Colegio de Michoacán. Profesor-investigador del Departamento de Estudios Mesoamericanos de la Universidad de Guadalajara.

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