El rompimiento fue aquella madrugada mucho más ruidoso de lo que ninguno de los presentes era capaz de recordar. Las cámaras estallaban, los cohetes ascendían con su estela de pólvora ardiendo o zigzagueaban amenazadoramente entre los pies de la multitud. Las matracas, los silbatos de agua eran propiedad exclusiva de los niños, quienes se desquitaban— promoviendo todo el alboroto posible—de las prohibiciones cotidianas.
Las marimbas de los distintos barrios (renombradas y anónimas) desgranaban al unísono lo mejor de su repertorio: algunos sones tradicionales, el vals o la danza imprescindible y las melodías de moda, inidentificables en su adaptación a un instrumento no propicio y a una interpretación heterodoxa. Cada una trataba de anular el sonido de las demás, pero como no era posible por la opacidad acústica de la madera, la exasperación se convertía en un aceleramiento del ritmo, en un vértigo de velocidad que inundaba de sudor la frente, las axilas, los omóplatos de los ejecutantes, dibujando caprichosas manchas sobre sus camisas flojas de sedalina.
La gente reía; los hombres con sabrosura, sin disimulo; los mujeres a medias, ocultando los labios bajo el fichú de lana o el chal de tul o el rebozo de algodón, según si eran señoras respetables, solteras de buena familia o artesanas, placeras y criadas.
El gran portón de la iglesia estaba abierto de par en par. Así resaltaba mejor la reja de papel de china que las manos diligentes de los afiliados a las congregaciones habían labrado durante la semana anterior. Filigranas inverosímiles por su fragilidad se sostenían gracias a oportunos pegotes de cera cantul. Cada figura era un símbolo: iniciales religiosas, dibujos de ornamentos litúrgicos, representaciones sagradas. Alrededor una leyenda lo abarcaba todo: «¡Viva Santo Domingo de Guzmán, patrón del pueblo!».
El pueblo se impacientaba. ¿Por qué tardan tanto los sacerdotes para revestirse? Los que iban a comulgar habían comenzado a sentir un ligero vahído de hambre y miraban con codicia los termos llenos de chocolate que arrullaban las ancianas, experimentadas en estos trances.
Por fin la campana mayor sonó; un sonido grave, único, propio de su tamaño y de su carácter solemne. Era como una orden para que las otras se desencadenaran: ágiles, traviesas, llamando a la complicidad a los templos de los otros rumbos: primero fue San Sebastián, orgulloso de su prontitud. Después Guadalupe, inaudible casi de tan lejano. La Cruz Grande, como avergonzada de su insirnificancia. La iglesia de Jesús, céntrica, pero debido a alguna causa oculta, sin párroco y sin asistentes que la frecuentasen. San José, colmada de los donativos de las mejores familias. San Caralampio, que siempre quería sobrepujar a todos en esplendidez y que al aviso respondía con la puesta en movimiento de una peregrinación en la que cada uno llevaba el cirio de más peso, la palma de más tamaño, el manojo de flores de mayor opulencia Y por último, el Calvario, que no sabía doblar más que a difuntos.
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AUTORA
Rosario Castellanos
(1925-1974). Escritora, periodista y diplomática mexicana, considerada una de las literatas mexicanas más importantes del siglo XX. Embajadora de México en Israel hasta su fallecimiento en 1974. Texto: Fragmento de «Los convidados de agosto», incluido en Obras, I. Narrativa, de Rosario Castellanos, pp. 878-879. D. R. © 1989, Fondo de Cultura Económica. Carretera Picacho Ajusco 227, 14110 Ciudad de México.

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Punto Dorsal #6
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La cara política de las celebraciones mexicanas