Llegamos a mi casa, la que estaba llena de viejas y mozas, parientas y dependientes de los convidados, los cuales, luego que entré, me hicieron mil zalemas y cumplidos. Yo correspondí más esponjado que un guajolote; ya se ve, tal era mi vanidad. La inocente de mi madre estaba demasiado placentera, el regocijo le brotaba por los ojos.
Desnudeme de mis hábitos clericales y nos entramos a la sala donde se había de servir el almuerzo, que era el centro a que se dirigían los parabienes y ceremonias de aquellos comedidísimos comedores. Creedme, hijos míos, los casamientos, los bautismos, las cantamisas y toda fiesta en que veáis concurrencia, no tienen otro mayor atractivo que la mamuncia. Sí, la coca, la coca es la campana que convoca tantas visitas, y la bandera que recluta tantos amigos en momentos. Si estas fiestas fueran a secas, seguramente no se vieran tan acompañadas.
Y no penséis que sólo en México es esta pública gorronería. En todas partes se cuecen habas, y en prueba de ello, en España es tan corriente, que allá saben un versito que alude a esto. Así dice:
A la raspa venimos,
Virgen de Illescas,
a la raspa venimos;
que no a la fiesta.
Así es, hijos, a la raspa va todo el mundo y por la raspa; que no por dar días ni parabienes. Pero ¿qué más? Si yo he visto que aun en los pésames no falta la raspa, antes suelen comenzar con suspiros y lamentos y concluir con bizcochos, queso, aguardiente, chocolate o almuerzo, según la hora; ya se ve, que habrán oído decir que los duelos con pan son menos, y que a barriga llena, corazón contento.
No os disgustéis con estas digresiones, pues a más de que os pueden ser útiles, si os sabéis aprovechar de su doctrina, os tengo dicho desde el principio, que serán muy frecuentes en el discurso de mi obra, y que ésta es fruto de la inacción en que estoy en esta cama; y no de un estudio serio y meditado; y así es que voy escribiendo mi vida según me acuerdo, y adornándola con los consejos, crítica y erudición que puedo en este triste estado, asegurándoos sinceramente que estoy muy lejos de pretender ostentarme sabio, así como deseo seros útil como padre, y quisiera que la lectura de mi vida os fuera provechosa y entretenida, y bebierais de la erudición. Entonces sí estaría contento y habría cumplido cabalmente con los deberes de un sólido escritor, según Horacio, y conforme mi libre traducción:
De escritor el oficio desempeña,
quien divierte al lector y quien lo enseña.
Mas en fin, yo hago lo que puedo; aunque no como lo deseo.
Sentámonos a la mesa, comenzamos a almorzar alegremente, y como yo era el santo de la fiesta, todos dirigían hacia mí su conversación. No se hablaba sino del niño bachiller, y conociendo cuán contentos estaban mis padres, y yo cuán envanecido con el tal título, todos nos daban no por donde nos dolía, sino por donde nos agradaba. Con esto no se oía sino: tenga usted bachiller, beba usted bachiller, mire usted bachiller, y torna bachiller, y vuelve bachiller, a cada instante.
Se acabó el almuerzo; después siguió la comida y a la noche el bailecito, y todo ese tiempo fue un continuo bachilleramiento. ¡Válgame Dios y lo que me bachillerearon ese día! Hasta las viejas y las criadas de casa me daban mis bachillereadas de cuando en cuando. Finalmente, quiso la Majestad divina que concluyera la frasca, y con ella tanta bachillería. Fuéronse todos a sus casas. Mi padre quedó con sesenta o setenta pesos menos, que le costó la función; yo con una presunción más, y nos retiramos a dormir que era lo que faltaba.
_________
Autora
José Joaquín Fernández de Lizardi
(1776-1827). Escritor periodístico novohispano, autor de la primera novela latinoamericana, cuyo fragmento se incluye en esta revista. Fernández de Lizardi, José Joaquín (2001). El Periquillo Sarniento, Tomo I, capítulo V. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.