Mesón estrella: Un baile comunitario

En el Mesón Estrella de Monterrey, la compra-venta para el abasto de la población —de por sí asunto vital— es apenas una de las tramas que explican su centenaria existencia y su contribución a la cohesión de la comunidad. Opinión de la antropóloga Marissa Rodríguez-Sánchez.

Basta con tener un poco de curiosidad y preguntar al marchante: «¿Desde cuándo vende aquí?» para que el intercambio de historias dé paso al de ideas y de tradiciones compartidas, a veces, con mayor agilidad que la misma transacción de los productos que se van a adquirir al mercado. Esto sucede a diario en el Mesón Estrella de Monterrey, donde el ejercicio de compra-venta para el abasto de la población —de por sí asunto vital— es apenas una entre las múltiples tramas que explican su centenaria existencia y su contribución a la cohesión de la comunidad.

«Aquí hay de todo y se hace de todo: se vende y se baila», me dijo en una ocasión un cargador, mientras hacía girar su diablito e invitaba a la gente que pasaba a seguirle el ritmo. Esas otras relaciones no mercantiles que se dan en los actos recíprocos cuerpo a cuerpo, entre el bullicio constante y la embestida a los sentidos proveniente de todas direcciones, son piezas insustituibles para reforzar el sentido de pertenencia en un entorno urbano como el regiomontano, con frecuencia caracterizado por la fragmentación y el anonimato. «El baile del mercado» es metáfora y acción que acentúa la distancia entre los discursos que promueven la unión social y las acciones que sin duda crean vínculos comunitarios.

Como buen microuniverso social, el Mesón Estrella tiene sus propias jerarquías normativas; sin embargo, estas no impiden que la interacción entre los diversos actores sea más democrática que en otros lugares similares, como en los supermercados. Esa familiaridad en la convivencia genera el compromiso tácito de replicar los códigos compartidos: la lealtad al marchante, la confianza a la báscula, el pilón para el niño u obviar algunos pesos faltantes «para la vuelta». Son prácticas culturales que revelan la profunda interdependencia entre los miembros de una comunidad que se reconoce a sí misma en sus señas más cotidianas.

Si parece que en el Mesón todo cabe y todo puede suceder, se debe a su rol como articulador social, y eso sucede no sin conflicto. Pues es un lugar donde se dirime la tensión entre lo local y lo global, entre lo tradicional y lo moderno; donde se disputa el espacio público y el derecho a la ciudad en prácticas que encaran los órdenes hegemónicos económicos y culturales. Un espacio que permite negociar un lugar propio en la comunidad a personas de diversos orígenes, identidades, valores y necesidades. Son actos de adaptación y resistencia que resaltan la dimensión política de la cohesión social, porque es reflejo de la sociedad misma y un recordatorio de que la cohesión comunitaria no surge de la homogeneidad, sino de la integración y reconocimiento de la diversidad.

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AUTORA

Marissa Rodríguez-Sánchez

Antropóloga social, doctoranda en Ciencias Antropológicas por la UAM-I. Se desempeña como profesora-investigadora en la UDEM.


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Punto Dorsal #5
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