En Monterrey los ríos no son lo que parecen. El Santa Catarina, aquel cauce seco y olvidado, susurra historias que pocos están dispuestos a escuchar. A simple vista parece un terreno baldío, un fantasma atrapado entre dos avenidas eternamente congestionadas; pero, bajo su superficie, algo más profundo se mueve.
La primera vez que caminé por su orilla, el río me habló. No con palabras, sino con una vibración que se sintió en los huesos. El bullicio de la ciudad no alcanzaba a penetrar la tranquilidad extraña de ese espacio. Y ahí, en medio del asfalto, vi lo que muchos se niegan a ver: un santuario. Un lugar que, contra todo pronóstico, todavía respira; pero en Monterrey, el silencio rara vez es permanente.
La calma se rompió un 7 de julio de 2023. El estruendo de las excavadoras reemplazó el murmullo del viento, y en lugar de agua lo único que fluyó fue polvo. Y la ciudad continuó, indiferente, la cual avanzaba con su ritmo imparable. Los árboles, las flores, la vida que con lentitud había reclamado su lugar entre el concreto, desaparecieron en cuestión de horas. Las y los expertos advertían que esa vegetación protege a la ciudad de las inundaciones, refresca el aire, alberga una biodiversidad invisible a la mirada apática de la ciudad; pero la lógica del progreso no conoce de pausas ni de arrepentimientos.
En medio de la devastación, un movimiento emergió. Casi 30 organizaciones locales unimos fuerzas bajo el lema #UnRíoEnElRío, un grito de resistencia que exigía detener la devastación. No era una campaña, era una declaración: este río no está solo. Mediante acciones legales y movilización ciudadana, logramos detener el desmonte. Las demandas ahora van más allá: exigimos que el río sea reconocido como lo que siempre ha sido: un corredor biológico que merece ser declarado área natural protegida (ANP).
#UnRíoEnElRío demuestra el poder de la sociedad civil organizada, con científicos, artistas, abogadas y ciudadanos trabajando juntos para visibilizar el valor del Santa Catarina. Sin embargo, a un año del desmonte, las amenazas persisten. Y mientras el Gobierno se inclina hacia el crecimiento económico, el río se enfrenta a un enemigo ideológico: la creencia de que «el progreso» es más importante que la naturaleza.
Este no es un caso aislado. Es un reflejo, un presagio, de lo que la crisis climática está trayendo a nuestras puertas. El río Santa Catarina no necesita ser temido, necesita ser respetado. Si seguimos ignorando el eco de su llamada, lo que perderemos no será solo un río, sino nuestra propia capacidad de sobrevivir en un mundo que se calienta, que se seca, que se enfurece.
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AUTORA
Andrea Villarreal Rodríguez
Narradora visual y gestora de comunidades. Su trabajo destaca por impulsar el liderazgo de niñas y mujeres para abordar la crisis climática.

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Punto Dorsal #5
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