El cómic que libera*

El cómic es un asunto serio. Esta forma de arte secuencial —como el cine y la fotonovela— tiene una capacidad de expresión que lo puede llevar a las alturas de la pantalla grande o a la trivialidad de una burda historia de amor contada con fotografías.

*Spoiler alert: el héroe muere al final.

El cómic es un asunto serio. Esta forma de arte secuencial —como el cine y la fotonovela— tiene una capacidad de expresión que lo puede llevar a las alturas de la pantalla grande o a la trivialidad de una burda historia de amor contada con fotografías. La secuencia de las imágenes cuadro por cuadro permite una narración dinámica, con la cual se puede prescindir de la palabra, pero en caso de acompañarla logra potenciar el mensaje. Con tales posibilidades, el cómic se convierte en una herramienta idónea para criticar la realidad y alcanzar públicos más vastos.

Creación decimonónica en periódicos y revistas, la tira cómica (comic strip) convivirá con el formato encuadernado (comic book), con el cual la narración alcanzará madurez expresiva después de mediado el siglo XX. La contracultura de los sesenta hará de la historieta un medio subversivo y para distinguirse acuñará el término comix. Algo parecido sucederá un poco más tarde con esas obras más extensas que ostentarán el apelativo de novela gráfica; Alan Moore dirá con sorna que una novela gráfica no es más que un cómic con más páginas y más caro.

Este autor inglés es fundamental para el género. Podrán tam­bién venirse a la mente los nombres de Will Eisner, Milo Manara, Robert Crumb, Art Spiegelman o un mangaka como Osamu Tezuka, pero en Moore la crítica es esencial tanto para comprender su obra como el cómic mismo. De entre sus títulos —Watchmen, From Hell, Jerusalem, en otros—, V for Vendetta destaca por ser una historia en que la política corta de forma transversal la vida de las personas. Publicada por completo en 1990, la acción inicia el 5 de noviembre de 1997. Después de una guerra nuclear, acaecida una década antes, Gran Bretaña padece un régimen fascista que ha exterminado a la población de origen africano y asiático, así como a homosexuales y otros grupos discriminados.

Se trata de un mundo dominado por el Destino, una red de información controlada por el Estado, con cámaras de vigilancia «para tu protección», grupos de choque que detienen con arbitrariedad en la calle y un Gobierno cuyo eslogan suena bastante familiar ahora: «Make Britain great again». De entrada, pareciera un escenario orwelliano, un derivado de 1984; Moore sabe recrear elementos para lograr acabados pastiches, como en The League of Extraordinary Gentlemen, en que intervienen personajes de novelas de fines del siglo XIX. En V for Vendetta no sucede lo mismo porque se introduce una variable medular en la obra: la teatralidad.

V, el personaje principal, es un anarquista que se oculta tras la máscara de Guy Fawkes, uno de los conspiradores que el 5 de noviembre de 1606 intentó volar el Parlamento inglés. La elección del disfraz no es casual, remite al drama antiguo en que los actores salían enmascarados en el escenario. Cada uno de los atentados contra el Gobierno tendrá un carácter teatral, serán puestas en escena realizadas con esmero. Entre la tragedia y la comedia, del thriller al vaudeville, a mitad del teatro de variedades y del espectáculo de cabaret, V ensaya la caída del orden a través de la representación, pero quién es quien representa.

Tanto la policía como Eve, la protegida de V, no saben quién es este. Sin embargo, en la búsqueda de conocer la identidad de otra persona se pone en juego la propia. La trama que pone en marcha el enmascarado no consiste en sustituir un orden por otro, sino en cuestionarse quién se es. La anarquía no es el caos, más bien es el principio del autogobierno, pero antes es preciso que se desenmascaren las apariencias por medio de la misma máscara. Después de la muerte de V, Eve comprende que debe tomar su identidad para continuar con la lucha: afirma su identidad al reconocerse en otra persona.

V for Vendetta no puede estar completo sin el trabajo de David Lloyd. Sus ilus­traciones conciben atmósferas de misterio, dolor y angustia. La interpretación que hace de la historia le permite plasmar claroscuros muy brillantes que retratan la opresión. Los trazos de Lloyd no solo sirven como escenografía al drama, sino que también funcionan como sostenes de la narra­ción cuando no hay diálogos.

La obra de Moore y Lloyd presenta un futuro con destino, pero sin libertad. Es una puesta en escena que no solo marca las posibilidades creativas del cómic, sino también de la resistencia a un orden ajeno a cada persona. El libro es un reto para liberarse a través de una apuesta por la representación de la realidad, en la cual la crítica se vuelve pieza fundamental para vivir en libertad.

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Redacción

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Punto Dorsal #6
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Punto Dorsal
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