Durante los años en que fui docente de historia de la indumentaria, enseñé a mi alumnado —en su mayoría jóvenes mujeres— que la adopción masiva de la minifalda en los años sesenta había sido consecuencia de la liberación sexual de las mujeres; y que, también en ese siglo, la incorporación del pantalón en el vestuario femenino había marcado un avance significativo en el impulso que las mujeres ejercieron para obtener, si no la igualdad, al menos la conciencia de que el trato hacia su sexo no era el adecuado.
Lo enseñaba teniendo en mente a todas aquellas artistas que recurrieron a vestirse de varón, o a travestir su nombre, para poder figurar en la literatura y en las escenas culturales de su época; o a intelectuales como Sor Juana, que tomaron el hábito para lograr ejercer su carrera. Durante todos esos años repetí con firmeza que la evolución de la vestimenta había trabajado a nuestro favor —al de las mujeres— y, en muchos sentidos, eso era cierto.
Por otro lado, también enseñé a mis alumnas que, en el Siglo de las Luces en Francia, la minifalda, las medias y los tacones eran de uso común para los hombres en la corte. Esto, combinado con las pelucas y el maquillaje, convirtieron al siglo XVIII francés en un centro importante para el desarrollo de la estética drag. Si bien la expresión de la individualidad a través de la indumentaria se desarrolla en el siglo XX, y la invención de la moda como sistema —como lo explica de manera brillante Lipovetsky— inicia en el Medievo con el surgimiento del amor cortés, con lo cual precipita al individuo y su identidad al centro de la cuestión del vestir, el élan humano hacia la expresión de la propia persona acontece a lo largo de toda la historia de la humanidad.
Adornarnos, embellecernos, encontrarnos con nuestra imagen y reconocernos: gestos por los que con frecuencia se nos tacha de fútiles y vanidosos, pero que juegan un papel decisivo en la posibilidad de la distinción y en la toma de conciencia de la acción y del cambio, son fundacionales al momento de pensar la política.
Mencioné la enseñanza y el conocimiento que compartía, pero todos estos años no tomé en cuenta mi propio origen campesino ni las ideas firmes de mi abuela materna. Ella nunca se puso un pantalón: lo veía como algo impráctico. Me decía: «Todas estas mujeres creen que son más libres, pero tú sí sabes que las faldas largas nos sirven en los campos para hacer pipí sin tener que escondernos de los hombres».
La indumentaria nos revela lo limitante que puede ser el pensamiento generalizador, ese que nos sirve para convencernos, como colectividad, de que estamos en el camino correcto. La sabiduría nos muestra que a la indumentaria hay que saber usarla a nuestro favor.
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AUTORA
Virginie Kastel Ornielli
Directora de la editorial Tresnubes Ediciones. Gerente de difusión, relaciones públicas y publicaciones del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO).

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