
En el Paso del Lobo, un vado del río Salinas, un campesino que aprovechaba los días calurosos de la Semana Santa para pescar sardinas vio algo extraño. Una punta blanca de algo que parecía una piedra o concha resaltaba en la tierra ocre del talud al lado del río; al remover la tierra encontró algo insólito, un enorme colmillo de un habitante que llevaba miles de años oculto: un mamut.
El mamut colombino, como la biología nombra a la especie, era un animal pariente de los elefantes modernos que se extinguió en Norteamérica hace 11,000 años. Habitó el territorio que hoy abarca desde el norte de Estados Unidos hasta el centro de México. La osamenta encontrada en abril de 1983 en Mina, Nuevo León, despertó de inmediato la curiosidad de las y los habitantes del municipio, quienes pronto lo adoptaron como un emblema de su comunidad.
El hallazgo de huesos de mamut es relativamente normal en la zona, en el libro Mina (Palma y Meza, 2009) se dice que «antes se atoraban las puertas de las casas con molares de mamut» y que la gente los usaba incluso para «curarse el susto». Hasta hace no mucho un restaurante local ofrecía en su menú un «caldo de mamut», seguramente más por sus capacidades para calmar el hambre que por sus cualidades prehistóricas. El imaginario de este animal hizo que despertara un pueblo que parecía hasta entonces un poco dormido.

El primer asentamiento español en las tierras que hoy conforman Mina se fundó en 1611, por Bernabé de las Casas, colonizador español al servicio de la Corona de Castilla. El nombre original del pueblo fue San Francisco de las Cañas, por la presencia franciscana en la zona y porque la zona tenía una fuerte producción de caña de azúcar. En 1851, el asentamiento cambia su nombre al que tiene ahora, en honor a Francisco Javier Mina, insurgente del movimiento de Independencia de México. Seis años después, en 1857, se declara a Mina como una municipalidad del Estado Libre y Soberano de Nuevo León y Coahuila.
Mina, en la actualidad, abarca un área de casi 4,000 kilómetros cuadrados y forma parte del denominado Valle de las Salinas, el cual abarca también Abasolo, El Carmen, Hidalgo y Salinas Victoria. Aunque parece ser una zona semidesértica, el sitio tuvo una fuerte actividad agrícola en la primera mitad del siglo XX, se cosechaba calabaza, maíz, distintas hortalizas y caña de azúcar para hacer piloncillo. Esto fue así porque este valle tiene importantes depósitos subterráneos de agua. Investigaciones de la Universidad Autónoma de Nuevo León refieren en un estudio sobre los mantos acuíferos del Valle de las Salinas que Campo Mina es el «más importante centro de abasto de agua subterránea de la ciudad de Monterrey». La extracción del agua freática, como se denomina al líquido que está en pozos y depósitos poco profundos, aumentó a partir de la década de los cincuenta. Aunque una parte de esta agua se utiliza para la agricultura local, la mayoría se canalizó para poder llevarla a la capital del estado.
Un habitante de 76 años, entrevistado en 2007, decía: «…quedaron de darnos un pozo profundo, muy abundante, pero nos echaron por la ventana, no nos dieron nada. Ahora estamos comprando el agua, aquí no la comprábamos porque había muchos ojitos de agua y norias, cada casa tenía su noria dentro» (Palma y Meza, 2009). Al revisar los datos de los censos, puede uno dar cuenta de estos cambios históricos. En 1897, se reportaba que Mina tenía una población de 2,323 habitantes; luego, en 1940, la población había crecido a más del doble, 4,633 personas. A partir de la década de los cincuenta se nota un descenso sostenido producto de la migración y la búsqueda de oportunidades en otros lugares. En 1970 el censo reportó 3,207 habitantes del municipio. Es a partir de la década de los ochenta que, de nuevo, se observa un crecimiento demográfico: 4,368 residentes en 1980.

En el censo realizado por el inegi en 2020, la población total era de 6,048 habitantes, con una edad mediana de 28 años; las dos comunidades más habitadas fueron la cabecera municipal y el ejido de Espinazo. En comparación con 2010, la población creció 11%. Aunque es uno de los municipios nuevoleoneses con menor densidad de población, los atractivos turísticos han fomentado la economía local. Es curioso pensar que uno de estos fuera encontrado justo en la década de los ochenta a la orilla de ese río.
En 1984, un comité empezó el proyecto de construir un museo para albergar la osamenta del mamut, así como de otras muestras de megafauna encontradas en la zona. Además, las y los habitantes del municipio participaron de manera activa para reunir materiales y objetos de la vida cotidiana, huellas de las costumbres, tradiciones y cultura del municipio. El Museo Bernabé de las Casas, dedicado a la paleontología, la antropología y la historia fue inaugurado en 1988, y alberga fósiles de mamuts, amonites y otros animales prehistóricos, junto con exhibiciones sobre la historia del municipio.

La creación del museo actuó también como catalizador para disparar el desarrollo turístico en la región. En el municipio se encuentra también la Boca de Potrerillos, a unos 14 kilómetros de la cabecera municipal, la cual cuenta con casi 400 rocas con petroglifos de la época del neolítico. Estos son grabados que hicieron las primeras personas pobladoras de la región y que son considerados entre los más importantes para conocer el arte rupestre de México. La mayoría de los grabados son abstractos, aunque en muchos otros puede distinguirse el culto a fenómenos naturales, como la lluvia, el sol y las estrellas. Se calcula que los más antiguos datan de hace 8,000 años.
La riqueza cultural de Mina también se reconoce en sus leyendas e historias locales. Una está relacionada con la Hacienda del Muerto. Su verdadero nombre es el de Hacienda de San Antonio de las Salinas, pero tomó su otro nombre por una estribación de la Sierra del Fraile que parece tomar la forma de un hombre inerte tendido sobre el piso.
Construida a mitad del siglo XIX, la hacienda buscaba ser un centro de producción agrícola, sin embargo, los continuos ataques de apaches y comanches, y las sequías hicieron que mermara su producción y terminara por ser abandonada. Durante la Revolución mexicana, sin embargo, sus paredes fueron usadas como guarnición de las tropas constitucionalistas en su lucha contra leales de Victoriano Huerta.
El rescate de la hacienda se dio hasta 2007, impulsado por Ernestina Lozano de Villarreal, también directora del Museo Bernabé de las Casas. El nombre de Hacienda del Muerto le ha dado popularidad y ha propiciado también la creación de muchos mitos, entre ellos los de apariciones fantasmagóricas, como la de una mujer de blanco que sigue a la espera de su esposo caído en alguna batalla de la Revolución.
Entre los habitantes más conocidos del municipio está el que dio fama el pueblo de Espinazo: José de Jesús Fidencio Constantino Síntora, mejor conocido como el Niño Fidencio. Nacido en Guanajuato, en 1912 llega a Coahuila y, luego, asiste a la escuela en Mina. En 1921 llega a Espinazo, donde se dedicó al oficio de curandero. El pueblo era pequeño, pero se beneficiaba del ferrocarril como medio de acceso sencillo para el peregrinaje que iba a visitar a Fidencio en busca de curas para sus dolencias y enfermedades. En la actualidad, a casi un siglo de su muerte, las y los fidencistas, como se llama a sus personas seguidoras, siguen acudiendo a Espinazo en busca de sanaciones y ayudas para enfrentar sus males.
La historia del municipio de Mina es interesante por su riqueza y su peculiar resistencia a la adversidad. Sus habitantes han encontrado formas de aprovechar e inspirar a las personas a hacer una visita para aprender y conocer su cultura, naturaleza e historia que abarca miles de años.
Fuentes
Palma y Meza, Hernán (2009). Mina. México, D. F.: Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León.
Villanueva Hernández, Hipólito y Tovar Cabañas, Rodrigo y Vargas Castilleja, Rocío (2019). Tipificación de los acuíferos del campo Mina, Nuevo León. En Tecnología y ciencias del agua, no. 10.
_________
Redacción

Este artículo aparece en
Punto Dorsal #6
La vida es una fiesta
La cara política de las celebraciones mexicanas